Según Patain (The Jewish Mind) “la gente por lo general está satisfecha con su etnohistoria, o sea, esas tradiciones históricas populares, que normalmente son fragmentadas, están desconectadas, y en la mayoría de los casos están diferenciadas de hechos históricos críticamente comprobables” (p. 31). Qué lleva a esa satisfacción sino es la historia misma y la repetición constante.

Una buena parte de esa etnohistoria está construida por relatos populares, leyendas, mitos y en gran medida, por una construcción histórica elaborada por los vencedores. El pueblo absorbe y revive constantemente eventos que se le inculcan para ser venerados aunque incluyan una verdad parcial, un ejemplo es la victoria en la batalla del cinco de mayo que alimentó el orgullo nacional, pero de manera conveniente se soslaya la posterior derrota y victoria de los franceses.

La élite trata de construir ese heroísmo manipulando y ocultando aquello de la historia que le es inconveniente. Destacan la invasión de Villa a Estados Unidos pero tratan de eliminar como Pershing arrasó con el país buscando a Villa; la victoria de los revolucionarios sonorenses es simbólica tras múltiples traiciones (asesinato de Zapata y Villa por ejemplo). El pueblo se queda con un falso heroísmo.

El discurso histórico del siglo XX destaca la derrota de los aztecas por los españoles soslayando su imperio brutal y sanguinario y luego teje un velo sobre el siglo XIX y las divisiones que en parte propiciaron la perdida de medio territorio y la bandera americana ondeando sobre Palacio Nacional. En el siglo XX se genera un vacío sobre las resistencias y oposiciones al régimen revolucionario, para generar una identidad nacionalista apegada a una gesta revolucionaria que tarde o temprano le haría justicia a todos, aunque para la gran mayoría tardo demasiado o de plano no llegó.

La historia alternativa escrita por algunos fue incapaz de revertir los valores básicos instalados en la psique social que habían determinado los elementos centrales de la identidad nacional; aunque estaba presente el anti heroísmo, cómo el de esas niñas de secundaria que viendo hacia lo alto del Castillo de Chapultepec dijeron:

– ¿De ahí se cayó ese güey?

– Con razón se dio en la madre.

El héroe se resbaló, se cayó y no se lanzó heroicamente para defender la bandera.

El mexicano promedio lleva consigo esa historia nacional y esos elementos identitarios, incluido el anti heroísmo y las historias de traición y derrota, hasta cuando se va del país. Para modificar esos tropos se requiere de un brinco histórico, de una reinterpretación histórica y de una nueva visión de futuro. De un desprendimiento de la historia oficial y los valores que someten a la sociedad, como la preeminencia del presidencialismo y el poder de los partidos políticos.

Esta reflexión me lleva a los mexicanos en Estados Unidos que muchos piensan están en busca de una nueva identidad que los haga ver distintos como mexicanos y que los ubique junto con los latinoamericanos para entender y manejar políticamente esa figura de latino manejada en Estados Unidos para acomodar a muchos que tienen en común parte de la historia como colonias, una religión mayoritaria y un idioma, aunque nadie entiende como acomodar a los italianos. Hay quién maneja el concepto hispano para acomodar a españoles y portugueses, pero no parece acomodarse bien.

Esas categorías se usan administrativa y políticamente, por ejemplo para el censo y en algún momento para lograr ciertos, aunque limitados, beneficios.

¿Podemos suponer que hay algo en común en latinos/ hispanos? ¿Se puede articular una agenda común como hacen diversos grupos y organizaciones no gubernamentales? Hace años se manejó la demanda de educación bilingüe en las escuelas y hoy parece manejarse el lograr una reforma migratoria que frene las deportaciones y abra un canal de legalización para esos 11 millones de indocumentados que son vulnerables ante la necesidad de los gobiernos estadounidenses por satisfacer la demanda de “ley y orden”, supuestamente confrontada por los hispanos y que se traduce en deportaciones, persecución, separación de familias y hasta campos de concentración. La agenda común moviliza a la sociedad como en 2,006 cuando las protestas frenaron una reforma migratoria, el reto consiste en convertir ese esfuerzo en un potencial político que propicie cambios profundos.

Los hispanos/latinos en Estados Unidos carecen de poder, algunos que ascienden políticamente traicionan los intereses de la comunidad a cambio de avanzar los suyos propios y escasean los interlocutores que conecten a las comunidades, con el poder.

Con frecuencia los hispanos se comparan con los cubanos, los judíos, pero no se considera que ambos inciden en cuestiones geopolíticas sustanciales para Estados Unidos (Cuba, Israel), mientras que América Latina sigue siendo el patio trasero con capacidades limitadas para influir en la escena internacional.

El reto es mayúsculo se requiere un cambio identitario agregado a una reformulación de las relaciones con los países de origen, para convertirse en un factor de poder interno.

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