El pasado 17 de abril, el asesor de seguridad nacional de la presidencia estadounidense, John Bolton, afirmó de manera contundente que la doctrina Monroe se encontraba en plena vigencia y en excelente estado. La declaración, que también incluyó un llamado a detener el avance del “socialismo y el comunismo” en el hemisferio, se realizó en Miami en el marco del anuncio de sanciones contra Venezuela, Nicaragua y Cuba.

Un rápido recordatorio de lo que es y lo que significa la doctrina Monroe. Formulada en 1823 por James Quincy Adams, secretario de estado del presidente James Monroe la doctrina era, bajo el lema “América para los americanos”, un llamamiento al fin de las intervenciones europeas en el nuevo continente. Sin embargo, como es bien sabido y la historia lo demostró en varias ocasiones, el concepto se tradujo no siempre en una oposición real a la intromisión europea, sino en la justificación teórica para la injerencia y la expansión de Estados Unidos en Latinoamérica. La doctrina complementó la filosofía del “destino manifiesto”, es decir, la concepción de supuesta excepcionalidad de Estados Unidos como nación predestinada para jugar un papel hegemónico en el mundo. La guerra méxico-estadounidense y la subsecuente pérdida de más de la mitad del territorio de México en 1848 pueden explicarse bajo la lógica de estas concepciones.

Volvamos a la declaración del asesor de seguridad. La parte central del paquete de sanciones que Bolton anunció fue la activación del Título III de la ley Helms-Burton, que permitirá a ciudadanos de Estados Unidos demandar legalmente a empresas que utilicen propiedades confiscadas después del triunfo de la revolución cubana en 1959. El gobierno de México, a través de la Cancillería, expresó de inmediato su rechazo a la medida, condenando la aplicación de leyes comerciales unilaterales de carácter extraterritorial, violatorias del derecho internacional. La unilateralidad de estas sanciones, representa un factor de desequilibrio que pone en peligro iniciativas multilaterales para la búsqueda de soluciones en los conflictos de Venezuela y Nicaragua.

Sin embargo, más allá de las sanciones económicas a los tres países, la ruidosa reaparición en el vocabulario e ideario político de la administración Trump de la doctrina Monroe resulta preocupante. Al abrazar de manera abierta una concepción bajo cuyo dictado se realizaron y se justificaron intervenciones directas e indirectas en la vida de los países latinoamericanos, la presente administración muestra con claridad el perfil ideológico de la relación que busca mantener con los países de la región. Bajo la presente administración, Estados Unidos se manifiesta hoy como un país antiinmigrante hacia dentro y selectiva y crecientemente injerencista hacia afuera.

Históricamente, México ha transitado de la aceptación parcial y la reticencia, al abierto rechazo y condena de la doctrina Monroe. En el contexto de urgencia de la invasión francesa y el segundo imperio, Benito Juárez se mostró favorable, en correspondencia privada, a la parte anticolonial de la doctrina, esperando un apoyo que no se materializó como hubiera deseado. Posteriormente, en los años del porfiriato, Matías Romero expresaría por primera vez públicamente, con sutil arte diplomático, la posición de México respecto a esta formulación en 1896, señalando que una iniciativa así, para resultar realmente benéfica tendría que emanar no de un solo Estado, sino de todos los países del continente en común consenso.

En la revolución, durante el gobierno del presidente Venustiano Carranza, la oposición a la doctrina fue clara y abierta, en el contexto del fin de la primera guerra mundial. Isidro Fabela, ministro de relaciones exteriores con Carranza, escribió tiempo después: “La sola vigencia de la doctrina Monroe sin haberla jamás definido ni reglamentado; la sola imposición de la tutoría que ella entraña, tutoría que nunca se nos consultó, ¿no constituye por sí sola una intromisión internacional inaceptable?”.

En 1931,  Gerardo Estrada, quien estudió a fondo la doctrina Monroe y sus consecuencias en la historia diplomática de México, y cuya  doctrina Estrada es, por supuesto, una sólida argumentación contra la intervención, afirmó que “la doctrina Monroe debiera mejor sustituirse por la política de América para la humanidad”.

Ya consolidado el régimen pos-revolucionario, en 1940 el presidente Cárdenas fue enfático en su juicio a esta política: “La doctrina Monroe nunca fue reconocida ni pudo serlo por México ni por las demás naciones de la América Hispana mientras fue sólo la expresión de una política unilateral que los Estados Unidos impusieron, con el doble propósito de excluir de este continente a los países de Europa y de defender a sus propios intereses en América. Tal doctrina, mal interpretada y aplicada más allá de su original extensión, llegó a convertirse algunas veces en pretexto de intervención”.

La doctrina Monroe es, pues, un planteamiento inaceptable para entablar una relación de cooperación y respeto mutuo entre los países del continente en el siglo XXI. Como lo hemos visto, México ha manifestado su posición sobre el tema de manera constante a lo largo de los años. Aquí no se trata de seguir ciegamente la historia, sino de asimilarla y comprenderla, para hacer lo correcto, especialmente en un tiempo en que la provocación oportunista ha sustituido a la política.

En una política exterior regida por principios como la de México, pero enfrentada a retos pragmáticos que parecieran cada vez más difíciles, es crucial encontrar el balance para expresar con firmeza e inteligencia el rechazo a una visión que pretende revivir e imponer visiones hegemonistas del pasado. México debe estar a la altura de su historia y del momento presente.

-Gaspar Orozco es un escritor y diplomático de carrera. Ha sido Cónsul de Asuntos Comunitarios en Nueva York y Los Angeles, entre otros cargos