Francisco lleva cuarenta años viviendo en Los Ángeles. Tiene una pequeña tienda de ultramarinos donde vende productos españoles y latinoamericanos junto con su esposa, mexicana. Ninguno de los dos tenían idea de que en los años 70 las “Logias Unidas del Sur de California, Orden de los Hijos de Italia en América” habían regalado a la ciudad de Los Ángeles una estatua discreta, tamaño natural, de Cristóbal Colón. Y mucho menos que hace tres semanas, la comisión de indios nativos americanos del Ayuntamiento de la ciudad obtuvo el permiso, liderados por el concejal Mitch O’Farrel, para retirarla por “representar la subyugación y el genocidio de los nativos americanos”, en palabras de los promotores de la acción. Francisco, un asturiano afable, enarca mucho las cejas cuando oye la palabra “genocidio”. No entiende bien qué ha pasado. “Habrá que protestar”, reflexiona.

Al igual que para Francisco, a muchos españoles de Los Ángeles la noticia no les había llegado y les deja algo perplejos. “Respeto todas las opiniones”, afirma Javier Cuesta, director asociado de una multinacional de recursos humanos. “Pero si nos ponemos así.. habrá que hacerlo con todas las figuras históricas, no solo con Colón”, reflexiona. Porque, ¿qué figuras históricas, más aún de hace tantos siglos, aprobarían el examen moral de nuestros estándares actuales?

No hay muchas estatuas en Los Ángeles con las que comparar a la de Colón (hay, por cierto, una muy cercana en el centro histórico del mismísimo Carlos III, que ya tuvo su polémica en los 80 cuando se trasladó allí). Pero en una ciudad donde la mayor parte de la iconografía tiene que ver con leyendas hollywoodienses, sí hay calles, parques y algunas estatuas dedicadas a figuras históricas de dudosa altura moral, desde William Mulholland al coronel Griffith, pasando por John C Fremont, uno de los principales responsables de la expansión y definitiva ocupación por parte de EEUU de California, que a partir de 1848, perdió el 80% de su población indígena. No la perdió: para ser exactos, fue asesinada. Con presupuesto del Estado.

California perdió a partir de 1848 el 80% de su población indígena. No la perdió: en realidad fue asesinada. Con presupuesto del Estado

La realidad es que, en California, Colón ha ido poco a poco cayendo en desgracia desde que el año pasado se sustituyera el tradicional “Día de Colón” en Los Angeles por el “Día de las Gentes Indígenas”. La supervisora del condado, Hilda Solís, responsable de dar permiso para la retirada, no se quiso meter en líos. Adelante. Ya hace dos años la estatua de Junípero Serra en Stanford había sido objeto de una campaña similar y se retiró sin mayores consecuencias, al igual que su nombre de una de las calles principales del campus. Al fin y al cabo, si hay un lugar en el mundo donde todas las medidas pro-minorías y progresistas tienen eco es en California.

En el estado están prohibidos los villancicos en los colegios y las navidades se llaman “Winter Holidays” desde hace años. California se toma muy a pecho su papel de vanguardista liberal que da ejemplo al resto del país. Sin ir más lejos, un mural histórico en Koreatown, obra del artista Beau Stanton, va a ser retirado porque a parte de la población coreano-americana de ese barrio le resulta ofensivo por parecerse demasiado a la bandera japonesa.

Nativos americanos conmemoran la inauguración del Día de los Pueblos Indígenas, que reemplaza el feriado del Día de Colón, en Los Ángeles. (EFE)
Nativos americanos conmemoran la inauguración del Día de los Pueblos Indígenas, que reemplaza el feriado del Día de Colón, en Los Ángeles. (EFE)

Algunos españoles, sin embargo, siguen en las noticias esta tendencia reciente de retirada de símbolos del pasado español de California con desaliento. Como Silvia Ribelles, escritora y profesora de español en un instituto del condado de Los Ángeles, donde vive desde hace 15 años. ¿Por qué, se pregunta Silvia, se quitó el nombre de Junípero pero no el del propio Leland Stanford, primer gobernador republicano de California? “Stanford pidió dinero al Gobierno federal para organizar partidas para asesinar nativos, pero a nadie se le ocurre pensar en retirar su nombre de una institución tan prestigiosa”, arguye.

La desigualdad en la revisión histórica consume de impotencia a esta asturiana, que ve claramente cómo “lo fácil es atacar los símbolos católicos e hispanos, perpetuar ese sentimiento de ciudadanos de segunda clase de los hispanos en este país”. Silvia ha organizado y piensa organizar más charlas en las que se trate también la herencia “positiva” de la presencia española en California y en toda América, “desde universidades a hospitales”, la actitud tan diferente que tenía hacia los indígenas la Corona española, incluso tantos siglos antes, frente a la que tuvo EEUU desde su creación; y se pongan las cosas un poco más en perspectiva.

“Lo fácil es atacar los símbolos católicos e hispanos, perpetuar ese sentimiento de ciudadanos de segunda clase”, opina Silvia

Los pocos medios locales que recogieron la noticia destacan “la ausencia de oposición”; en el evento de la retirada en sí no había más que un puñado de representantes de la Orden de Hijos e Hijas de Italia en América entre el par de decenas de representantes indígenas, algunos de los cuales lloraban de la emoción y declaraban la satisfacción por ese momento de retribución. El twitter de O’Farrel, sin embargo, tenía una nutrida serie de respuestas acusándole de ignorante y tergiversador. “Es un paso natural en la eliminación de una narrativa falsa, según la cual Colón fue un descubridor benigno que ayudó a EEUU a ser lo que es hoy. Su imagen representa a alguien que cometió atrocidades y ayudó a iniciar el mayor genocidio de la historia de la humanidad, así que retirarla es un paso más en una progresión natural”, afirmaba O’Farrel en ‘LA Magazine’, inasequible a las críticas.

La respuesta diplomática

De manera discreta, la diplomacia española sí ha tomado cartas en el asunto. Como explica a El Confidencial el cónsul español en Los Ángeles, Javier Vallaure: “No nos hemos quedado callados. El embajador en Washington, Santiago Cabanas, envió al día siguiente una carta al alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, expresando su decepción por la decisión de retirar la estatua. En la carta se planteaban tres cuestiones. En primer lugar, que no se puede juzgar a una figura histórica del siglo XVI con los estándares del siglo XXI; en segundo lugar, que rendir homenaje a las tribus indígenas no está reñido con mantener el homenaje a Colón (de hecho, se puede celebrar a Colón como figura que tendió puentes y unió continentes y a sus gentes); y en tercer lugar, que revisar la historia de manera descontextualizada lleva a caer en interpretaciones unilaterales de la misma”. La respuesta de Garcetti ha sido más de lo mismo. El respeto a los sentimientos de los grupos nativos está por encima de toda otra consideración.

Pero los “sentimientos” no entienden necesariamente de rigor histórico. Vallaure se reconoce “frustrado” por esta oleada de revisionismo que insiste en no ver los matices “buenos y malos” de la herencia española y que se vive especialmente en California, cuya historia está todavía más ligada a la nuestra que en otras partes de EEUU. “Somos el resultado de ese acercamiento entre Europa y América que inició Colón. En EEUU aún hay un 20% de la población que es de ascendencia hispana, 57 millones de habitantes que hablan español”, añade. Aunque frustrante e ingrata, la labor debe ser desarrollada y Vallaure piensa suscitar el tema la próxima vez que coincida con Solís en algún acto. Seguir dando la batalla intelectual es importante. Hay un trabajo en común con los representantes diplomáticos también en Houston y San Francisco, además de con la embajada, de poner en común los puntos de discusión y hablar con la prensa, el mundo académico e intelectual.

JAVIER CARABALLO

“Un ejemplo más de la hispanofobia”

El término “leyenda negra” surge a menudo en las conversaciones sobre el tema. Lo menciona, por ejemplo, otro español de nacimiento y angelino de vocación. Santiago Pozo Arenas, fundador de la productora/distribuidora Grupo Arenas en Los Ángeles, donde lleva viviendo casi 40 años. Este riojano considera la retirada de la estatua “un ejemplo más de la hispanofobia rampante y de la doble vara de medir que se usa cuando se juzga el pasado”. Más allá del profundo desconocimiento que existe en California sobre sus raíces españolas, Pozo sospecha que se trata además de una maniobra de distracción.

“Apuntando a Colón como responsable del genocidio de los nativos norteamericanos es una manera de quitarse la culpa propia. Los indígenas californianos no empezaron a desaparecer en masa hasta que no llegaron los anglosajones a esta parte de EEUU. Trescientos de años años después de la muerte de Colón”, se desespera. “Muchos de los nativos que ahora reivindican la retirada de Colón han sido educados en el sistema anglosajón convenciéndoles de que su herencia hispana es malvada, es algo de lo que avergonzase y abjurar”. Pozo lamenta que no se destaquen las muchas aportaciones positivas de la llegada de los españoles a este lado de América, o la insistencia de figuras tan relevantes como la propia Isabel la Católica en un trato “digno y justo” hacia los nativos en documentos de la época.

“Apuntar a Colón como responsable del genocidio de los nativos norteamericanos es una manera de quitarse la culpa propia”

Pero los grupos detrás de la petición para retirar al estatua, todos descendientes de nativos norteamericanos (O’otham de Arizona, o los Gabrielino-Tongva de California, sucesores de la tribu que se considera habitaba el lugar exacto donde hoy esta Los Angeles, los Yaavitam), no parecen estar por la labor de una revisión más matizada. Ni el concejal O’Farrel que, a pesar de su clara ascendencia irlandesa, afirma tener sangre de los Wyandotte de Ocklahoma. Ellos buscan “sustituir la narrativa tradicional sobre la llegada de los europeos a América”. El encuentro de civilizaciones propiciado por el viaje de Colón cambió el devenir de la historia mundial para siempre, de acuerdo, pero fue, en su opinión, por culpa de, y no gracias a, Cristóbal Colón y la corona que lo apoyó y financió (el escudo de Castilla y León forma parte del escudo de la ciudad de Los Ángeles, que fue fundada como ciudad española; junto con el de Mexico y las banderas estadounidense y californiana).

Estas ideas son producto, aseguran algunos españoles con años de residencia en LA, de una educación pública con un mensaje muy concreto: “De los indios asesinados por Fremont y Stanford no hay ni una palabra en los libros de texto de California. En quinto de primaria, se estudian las misiones españolas (cuya historia se ilustra con dibujos de nativos en fila, sojuzgados por misioneros en fortalezas inexpugnables), y se estudian las colonias holandesas en el este del país, cuya imagen es idílica y carente de toda crítica”, asegura Ribelles. Lo que más lamentan es el lastre añadido que este discurso supone para una verdadera unión de hispanohablantes en EEUU, en la que, como dice Ribelles, “abracemos el imperio con sus cosas malas y sus cosas buenas, porque somos el resultado de ese encuentro, y debemos aceptarlo y conocerlo”.

No falta quienes se preguntan de qué manera la retirada de la estatua colabora a una revisión más justa de la historia; en qué medida se aprende más sobre ella y se llega una versión más equilibrada con la eliminación de Colón de esa narrativa. Y quienes lamentan la pérdida de una buena oportunidad para alcanzar, por fin, un cierto consenso en la manera de tratar a una figura histórica de hace medio milenio. En lugar de eso, muchos ven un gesto vacío. “Quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente, contra el pasado”, decía el eslogan del partido único de la distopía de Orwell, 1984. La retirada de la estatua de Colón deja patente, para muchos españoles aquí, quién lleva la batuta en esta reescritura. Y sospechan que no son, precisamente, los nativos americanos.

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