En 2006 la ciudad de Hazleton, Pennsylvania, se volvió el centro del debate migratorio en Estados Unidos cuando el alcalde Lou Barletta, ahora congresista y candidato al Senado en su estado, abogó por resoluciones locales que prohibieran la rentara de casas a los indocumentados o que se los contratara. Estas resoluciones nunca entraron en efecto ya que los tribunales las declararon ilegales, pero fue el primero de muchos intentos desde los gobiernos municipales de Estados Unidos de legislar sobre temas migratorios a nivel local. Durante más de un año hubo manifestaciones constantes en la ciudad en las que era común escuchar los gritos de “Go Back to Mexico¡” (“¡Regresen a México!”).

Más de una década después la vida en Hazleton no podía ser más diferente. Los latinos, la mayoría inmigrantes de República Dominicana y algunos de México, Perú y otros países, son la mitad de la población de la ciudad. Lo que era una ciudad pequeña en declive desde que se cerraron las minas de carbón en los años cincuenta del siglo pasado, ahora brilla por su dinamismo, con tiendas, restaurantes y pequeños negocios de distinta índole por todo el centro y en los distritos comerciales principales. Si bien sigue existiendo mucha tensión entre los nativos de la ciudad, casi todos blancos, y los recién llegados, casi todos latinos, hay una aceptación tácita de que van a tener que aprender a vivir juntos y un reconocimiento de que la ciudad está mejorando, si bien no a todos los nativos les gustan los cambios.

El emprendedurismo de los inmigrantes latinos ha sido parte fundamental del repunte económico en Hazleton, como en muchas ciudades de Estados Unidos, ya que los inmigrantes en general son dos veces más proclives a iniciar un nuevo negocio que los nativos. También ha tenido un impacto importante la llegada de grandes empresas nacionales e internacionales a las afueras de la ciudad, y ahí se incluyen tres empresas de origen mexicano que ahora dan empleo a cientos si no miles de residentes de Hazleton y sus alrededores.

Estas tres empresas son Grupo Bimbo, la panadera más grande del mundo, que provee casi una cuarta parte del pan de Estados Unidos y cuenta con dos plantas en Hazleton. También está Mission Foods, de Gruma, la productora principal de tortillas tanto en Estados Unidos como en México, que cuenta con una planta a diez minutos de la ciudad. Además está Wise Foods, la productora de Wise Potato Chips, las papitas oficiales del equipo de los New York Mets y de los Boston Red Sox, que hace parte de la empresa mexicana Arca Continental.

Este cambio muestra como se ha ido modificando la relación entre México y Estados Unidos durante los últimos diez años. Hasta 2007, millones de mexicanos salían de su país en busca de mejores oportunidades en Estados Unidos. Aunque sigue habiendo un poco de migración de México, el número de mexicanos que viven en Estados Unidos no ha aumentado en más de diez años, lo cual sugiere que el número de quienes están regresando a México es al menos igual al de los que vienen de allí. En cambio, lo que sí está llegando de México desde esa fecha son inversiones empresariales, sobre todo en plantas industriales que dan empleo a trabajadores estadounidenses en comunidades como Hazleton. Cuando se firmó el Tratado de Libre Comercio, nadie esperaba este resultado, pero se dio años después.

Esta transformación radical de los flujos mexicanos –de personas a inversiones– es sólo uno de los muchos cambios que se han dado en la relación entre México y Estados Unidos, una relación que cada día se vuelve más compleja, intensa y profunda. Si bien en el plano político parece que la relación está empeorando, no es así en el plano económico ni en el cultural, en los que hay cada vez más intercambio por la frontera entre los dos países. Mientras el presidente de Estados Unidos habla de construir un muro en la frontera, la mayoría de los mexicanos y los estadounidenses están construyendo puentes entre sí.

Algunos ejemplos. En los años 80 y 90 era común escuchar que la industria automotriz estadounidense iba a morir frente a las importaciones de Asia y Europa. Pero la industria se reinventó, echando mano a proveedores en México y, en menor medida, en Canadá, y hoy no solo sigue robusta la industria automotriz estadounidense, produciendo más carros que hace dos décadas, sino que las empresas extranjeras también manufacturan casi todos sus autos en Norte América en vez de importarlos.

De hecho, sería casi imposible subir a un carro, camión, autobús o avión en Estados Unidos hoy en día que no esté hecho por trabajadores de Estados Unidos y México juntos, porque la industria está altamente integrada entre los dos países. No sólo exportamos de Estados Unidos a México –el segundo mercado más importante después de Canadá y junto con éste los responsables de más de una tercera parte del comercio estadounidense– sino que hacemos productos juntos.

Pero no solo es comercio. También en el cine hay interconexiones profundas entre los dos países. No es un accidente –aunque sigue siendo muy sorprendente y notable– que cuatro de los últimos cinco premios para mejor director en los premios Oscar hayan sido otorgados a cineastas mexicanos: Alfonso Cuarón por Gravity, Alejandro González Iñarritú dos veces por Birdman y The Revenant, y este año Guillermo del Toro por The Shape of Water.

También las comunidades de innovación tecnológica están muy ligadas, con nexos estrechos entre Guadalajara –que se ha vuelto una potencia tecnológica–, y Silicon Valley, entre San Francisco y San José, donde están las principales empresas tecnológicas de Estados Unidos. Fluyen ideas, capitales y productos en un intercambio contante entre los dos lados de la frontera.

En el deporte también se ven estas conexiones. La liga profesional de fútbol americano (NFL) juega un partido cada año en Ciudad de México desde 2016; la Asociación Nacional de Basquetbol (NBA) jugó cuatro partidos ahí el año pasado, y el béisbol de ligas Mayores (MLB) estrenó su presencia en México este año con un serie de tres partidos en Monterrey, Nuevo León, y prometió hacerlo cada año. Las federaciones de fútbol de Estados Unidos, México y Canadá han lazado una candidatura común para ser anfitriones de la Copa Mundial en 2026, reafirmando los lazos entre los tres países.

Si bien las relaciones políticas y diplomáticas entre México y Estados Unidos pasan por su peor momento en los últimos años –con el estancamiento de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el embate contra los migrantes indocumentados y la amenaza de construir un muro en la frontera–, la realidad es que no se puede echar para atrás lo que han ido construyendo –y siguen construyendo– estadounidenses y mexicanos comunes y corrientes cada día en el plano económico y cultural.

De hecho, el rechazo a México en ciertos sectores de Estados Unidos probablemente se debe en parte a lo imbricado que está México en la vida de los estadounidenses. México ya no es un país distante, sino una parte íntima del tejido social y económico de Estados Unidos, a través de la migración, los intercambios comerciales y las influencias culturales. Algunos sectores temen y resistirán esta cercanía con México en nuestras vidas, pero es parte integral de nuestro futuro y no desaparecerá ni disminuirá en los años por venir.

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