Llegaron porque el miedo fue más fuerte que cualquier obstáculo. Llegaron porque no los movía un sueño, sino la necesidad.

Llegaron, no por la fuerza de voluntad, sino por el hambre, esa canija hambre de comida y de paz. Llegaron porque no les quedaba de otra que creer que llegarían. Llegaron porque allá de donde vienen, quedarse era una sentencia de muerte.

Esos son los cientos de migrantes que esta semana por fin llegaron a Tijuana, Baja California, con la esperanza de encontrar un refugio, en Estados Unidos o en México, en donde sea menos en su tierra. Son los centroamericanos que salieron en una caravana de migrantes y se montaron en La Bestia, sabiendo que con las cámaras encima no habría raptos, atracos o violaciones en su cruce por México; aprovecharon que desde lejos Trump los vigilaba y eso, irónicamente, no los escarmentaba, sino que los hacía sentir seguros. Quisieron atravesar México en la mira pública, porque también –silenciosamente– tenían miedo quedarse.

Su viacrucis al Norte se convirtió en batalla política que cruzó las fronteras que ellos quisieran atravesar. Los tuis no tienen que pasar por Inmigración ni ser inspeccionados por el Gobierno… pero ellos, que son de carne y hueso, que traen hijos en el lomo y en el pecho, sí. Así que ajenos a los dimes y diretes siguieron adelante, cada uno con un calvario en el cerebro, porque el corazón, todos lo tenían apachurrado.

En la televisión hablaban de ellos como una manada homogénea unida por el dolor; en la prensa describían su sed de un “sueño americano” idealizado hasta el hartazgo, pero sólo en las fotos, en las imágenes de cerquita, las miradas hablaban la verdad que esos migrantes callaban a gritos… ellos no quieren cruzar para vivir mejor, ¡ellos solo quieren refugio para sobrevivir a la pobreza, a la violencia y a sus gobiernos! Nada más.

Y es que hemos prostituido la frase del sueño americano hasta malbaratarla al mejor titular. Sólo uno que es migrante, que ha sufrido el proceso, que ha vivido sin darse cuenta intentando probar su valor a una patria que no es suya, lo puede entender.

Cada quien tiene un sueño americano distinto. Para algunos es una casa grande, con dos carros de lujo del año en la cochera, tres hijos rubios y un perro; para otros es la libertad de jugar al beisbol sin tener que volver a las carencias de un comunismo utópico distorsionado por una falsa idea de humanismo; para otros es poder brillar en las ciencias, en las artes, en el cine, en el escritorio sin que otro de los suyos intente meterle el pie para conseguir una beca o un ascenso; para algunos es poder trabajar por un sueldo digno sin mendigar centavos por lo que sabe; para miles más, (como muchos de los que se escudaron en la caravana) es simplemente dormir sin el miedo de que te maten a tiros o cuchillazos, es darle a la hija la posibilidad de cumplir 15 años sin ser violada o que sus hijos lleguen a los 12 sin ser deslumbrados por los billetes del narco; es poder hacer sin pagar derecho de piso, dormir armados u ocultándose de los “reclutadores” de pandillas a los que se las pagas porque se las pagas.

Todos tenemos un sueño, americano, hondureño, salvadoreño, mexicano o guatemalteco; algunos más guajiros que otros, pero sueños al fin y al cabo. También tenemos pesadillas y nos las callamos. Así que dejemos de generalizar y cuando hablemos ese mentado sueño, digamos siempre el de quien y según quién.

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