Todos los días, Lourdes Lizardi lucha desde diferentes áreas y pone en riesgo, incluso, su bienestar por los cientos de migrantes que cada día llegan de otros estados de la República a esta frontera, la más transitada del país.

“Sigo aquí, en la lucha diaria de servir, ayudar y realizar grandes proyectos a favor de la gente desprotegida, desposeídos, migrantes y quienes luchan por salir del mundo de las drogas”, afirmó La activista social, fotógrafa, escritora y promotora cultural independiente.

Su trayectoria y papel como una de las mujeres fronterizas más solidarias en grupos de apoyo ha sido reconocida por artistas y personajes en esta frontera.

Nativa del estado de Jalisco e integrante de una familia de 16 hermanos, llegó a servir a tierras bajacalifornianas hace cerca de 25 años, pues desde que era una adolescente “tenía ganas de venir a Tijuana”, dijo en entrevista con Notimex, en el marco del Día Internacional de la Mujer.

Fue precisamente en Guadalajara donde conoció lo que ahora constituye el placer de servir a las personas, al donar uno de sus riñones a una mujer que se encontraba desahuciada, la cual, gracias a ese acto humanitario, llegó a vivir 22 años todavía.

Lourdes Lizardi confiesa que desde sus años de escuela ya le gustaba intervenir a favor de otros, al defender de las agresiones de alumnos mayores a sus compañeros de menor edad, “ya era una niña aguerrida a la que no le gustaban las injusticias”.

Esa predisposición e intolerancia es lo que en un futuro la convertiría en una de las principales activistas solidarias a favor de los migrantes y gente “del bordo”, marginados que deambulan con la necesidad de un gesto humanitario a cuestas.

“Cuando hace varios años llegué a Tijuana, ya había escuchado de los sufrimientos de esta gente, y fue entonces cuando me propuse hacer algo por brindar ayuda; incluso, me quedé a vivir cerca de ‘la línea’ para estar más cerca”, aseguró.

Ella era testigo de cómo quienes cruzaban hacia “el otro lado” de manera ilegal corrían tratando de ganar más territorio una vez internados a Estados Unidos, fugitivos de su propia necesidad y la esperanza puesta en un mejor futuro.

“A algunas personas deportadas o recién llegadas en calidad de migrantes, sin nadie que los recibiera en Tijuana, las llevaba a mi casa o los dejaba con veladores de tiendas de ‘curios’; después llegaba por ellos, y los canalizaba”, dijo.

“Yo los llevaba directamente a las casas de migrantes, pues no sabían ni dónde quedaban; otras veces, los ponía en manos de grupos como el Beta, para que recibieran apoyo en otros albergues dedicados a brindar este tipo de ayuda”, manifestó.

La activista social ha sido testigo de varios incidentes, algunos de gravedad, como el caso de la mujer que intentó cruzar sin documentos a Estados Unidos, descubierta en el interior del cofre de un vehículo pick-up en pleno tiempo de calor.

“La mujer se venía deshidratando y quemando con lo caliente del cofre; los compañeros que andaban entre los carriles para cruzar hacia Estados Unidos, escucharon golpes que provenían de un auto; lo apagaron, abrieron el cofre y ahí venía la muchacha”, recordó.

Ella presentaba quemaduras hasta de tercer grado por todo su cuerpo y fue atendida de urgencia en un puesto de auxilio.

“Estaba histérica, pero lo también grave fue que nos informó que en otra camioneta que venía detrás se encontraba escondida otra muchacha, embarazada. Nunca dimos con ella”, dijo. Desde entonces, siempre traía consigo un martillo y un desarmador para poder abrir cajuelas o cofres de automóviles que esperaban “en la línea”, para ser utilizados en casos necesarios y similares a éste.

También “me tocó ver el sufrimiento de varias mujeres centroamericanas violadas por los propios ‘polleros’, gente sin escrúpulos; ya venían tomando anticonceptivos porque no sabían cuántas veces serían violadas”, comentó.

Su labor ahora, “es andar repartiendo mi tarjeta por las calles, decirle a mis amistades o a las personas con negocios que si ven alguna persona con necesidad de ayuda me llamen, ya veré la forma de acomodarla o buscarle algún lugar”.

Lourdes mencionó que lleva a cabo proyectos culturales para que migrantes centroamericanos, haitianos o afganos, entre otros, “se involucren con nuestras festividades nacionales para tratar de distraer ese sufrimiento que traen desde kilómetros atrás”.

“Algunos de los centroamericanos que han viajado en el tren ‘La Bestia’ para trasladarse a esta frontera y tratar de cruzar el vecino país, llegan amputados debido a las caídas de uno de los vagones. Tratamos de hacer más llevadera esa tragedia”, aseguró. Actualmente, además de ser coordinadora del grupo “Ángeles sin frontera” de ayuda a migrantes y demás gente socialmente vulnerable, es la coordinadora en Tijuana del hotel del Migrante, cuyo inmueble se encuentra en la ciudad de Mexicali.

“También mi labor consiste en apoyar a personas con trastornos, discapacitadas, en situación de calle, buscarles algún lugar; gente que quiere retirarse de la adicción a las drogas, buscamos en los centros un trato digno para esas personas”, anotó. Buscan, aseguró, que “sean tratados bien, porque todas las personas somos especiales, sin importar su condición social ni física, nosotros buscamos la forma de rescatarlos de ese estado en el que están”.

Lourdes Lizardi López es autora de los libros “Mi vida en partes”, que da testimonio de los momentos más simbólicos de su vida, narrada en voz de sus amigos; “Migrantes, deportados y grupos vulnerables”, 22 años de activismo social.

El pasado 31 de octubre, la activista social y promotora cultural independiente recibió un homenaje de varios artistas, amigos y personas a las que ha brindado ayuda desinteresada, en el Centro Cultural Tijuana (Cecut), donde se reconoció su labor de varios años. Dijo que fue sorprendida por el reconocimiento “de un grupo de hondureños que viajó hasta Tijuana para agradecer el apoyo a nuestros hermanos de ese país que han cruzado por esta frontera. Nosotros seguimos en nuestra lucha diaria, mientras haya migrantes y gente vulnerable que ayudar”.

 

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