Era 1968 y la revolución se respiraba en el aire. Había una guerra en Vietnam, el movimiento de los derechos civiles estaba en apogeo y algunos tomaban la figura del revolucionario Ernesto ‘Che’ Guevara para luchar contra las injusticias sociales. En el Este de Los Ángeles crecía una bola de nieve: los hispanos estudiaban hacinados en preparatorias deterioradas,pocos se graduaban debido al pésimo nivel académico y las autoridades no atendían estas preocupaciones.

El descontento estalló el 1 de marzo de ese año, unas semanas después de que un puñado de estudiantes y un joven profesor, Sal Castro, organizaron una protesta masiva pidiendo a los alumnos que abandonaran las aulas y alzaran sus voces en las calles. Nadie anticipó que 22,000 pupilos saldrían a marchar, ni que esta se convertiría en la mayor demostración del movimiento chicano.

Esta serie de protestas conocida como los ‘walkouts’ del Este de Los Ángeles ha quedado inmortalizada en una película, en libros y en textos ideológicos. Cincuenta años después estos acontecimientos son considerados un parteaguas en la experiencia hispana en esta ciudad, cuyos frutos son haber logrado más oportunidades académicas y abrir la puerta de la escena política a esa comunidad.

“Se rompió el estereotipo de que nunca se iba a despertar el gigante dormido. Después hubo marchas en muchos estados y se levantó el movimiento chicano”, recuerda Carlos Montes, uno de los integrantes del grupo ‘Boinas Café’, que estuvo detrás de estas marchas que ocurrieron entre el 1 y el 8 de marzo.

Al grito de “¡walkout!”, “¡educación, no erradicación!” y “¡viva la revolución!” los estudiantes se volcaron a las calles, incluso se enfrentaron a los agentes del orden. De hecho, la represión policíaca en dos escuelas solo sirvió para estimular más protestas.

Estos jóvenes se unieron para pedir una educación equitativa, con relevancia cultural y de calidad, que les permitieran hablar español, que hubiera más profesores y directivos hispanos preocupados por su desempeño, dijo Montes. “Pedíamos una mejor educación, respecto y alto al racismo; educación bilingüe y que en los libros se enseñara la historia mexicoamericana”, contó el activista.

La Oficina Federal de Investigaciones (FBI) catalogó a este movimiento como un “disturbio juvenil” y tachó a los organizadores de comunistas. Para seguir cada paso de los activistas, la Policía angelina infiltró a dos espíasque tomaron roles de liderazgo en los ‘Boinas Café’. El plan era controlarlos, recopilar acusaciones contra los dirigentes y desprestigiarlos, según documentos oficiales.

Carlos Montes dababa un discurso durante los ‘Walkouts’ del Este de Los...
Carlos Montes dababa un discurso durante los ‘Walkouts’ del Este de Los Ángeles en marzo de 1968. Cortesía Carlos Montes

En su libro ‘La Lucha chicana por justicia’, el profesor Ian Haney relata que en 1970, tras la popularidad que le dieron los ‘walkouts’, los ‘Boinas Café’ se convirtieron en el “enemigo público chicano número uno” de las autoridades. En tres años, su membresía creció de 20 a unos 1,000.

Carlos Montes y otros 12 activistas, entre estos Sal Castro, entonces profesor de Estudios Sociales en la preparatoria Lincoln, fueron arrestados y un jurado los juzgó por cargos que incluían conspiración para planear las demostraciones e interrumpir la paz, enfrentando condenas de hasta 66 años en prisión. En 1970, las acusaciones fueron anuladas en un tribunal de apelaciones.

El maestro Sal Castro, el único docente que públicamente apoyó el movimiento, se volvió un referente de esta metrópoli hasta su muerte en 2013. Pasó de agitador a héroe.

Los ‘walkouts’ tuvieron frutos casi inmediatos. Hace 50 años, la tasa de deserción escolar era de más del 60% para los estudiantes mexicoamericanos en las preparatorias del Este de Los Ángeles, una de las peores de todo el país. Este problema recibió la atención nacional tras las demostraciones y un año después unos 1,900 hispanos se inscribieron en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), 1,800% más que un año anterior. Desde entonces el nivel de latinos que ingresan a las universidades de todo el país ha subido del 2% al 25%.

“Más de la mitad de los alumnos no se graduaba”, recordó John Ortiz, quien siendo estudiante de la preparatoria Garfield se unió a las protestas de marzo del 68. Contó que le incomodaba que el entonces director, un oficial del Ejército, tenía intereses ajenos a los académicos. “Usaba Garfield para reclutar a soldados para la guerra de Vietnam, pero no reclutaba alumnos para la universidad”, comentó.

 Aunque ahora el nivel de abandono académico entre los hispanos ha bajado a entre 13% y 28% en las preparatorias angelinas, sigue siendo mucho más alto comparado con planteles en barrios blancos y adinerados en esta ciudad, donde registran una deserción del 5%.

Montes dice que uno de los mayores retos es la expansión de escuelas chárter, que reciben fondos gubernamentales pero que son independientes. “El ataque es por la privatización de la educación pública, eso está causando una crisis”, expresó el activista.

En años recientes, los estudiantes hispanos han abandonado las aulas para pedir una reforma migratoria, para protestar contra el gobierno de Donald Trump y para expresar su rechazo a la remoción del programa DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia), que ha otorgado permisos de trabajo y estadía en este país a casi 800,000 jóvenes indocumentados.

Así mismo, varios alumnos angelinos planean sumarse a la llamada ‘Marcha por nuestras vidas’ el próximo 24 de marzo. El propósito es pedir un mayor control de armas, motivados por la masacre en una escuela de Florida. “Queremos más seguridad en nuestras escuelas, salones más grandes y más clases universitarias”, enumeró Angélica Quintero, alumna de la preparatoria Garfield.

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