Recargado en una farola, José aguarda frustrado a que un automóvil pase por él. Está afuera de la garita El Chaparral-San Ysidro de Tijuana, la puerta donde acaba el sueño de los migrantes mexicanos deportados por Estados Unidos.

José dice que es la tercera ocasión que sale por esa puerta en dos semanas.

Tres veces cruzó la frontera por el desierto que comparten los estados Baja California (México) y California (Estados Unidos), pero las tres lo detuvo la Patrulla Fronteriza.

En el último intento, caminó ocho horas por los pedregosos cerros y ya sentía que lo lograba.

“A trabajar, a sacar adelante a la familia. Nada más para eso”, respondió a los agentes cuando interrogaron para qué entraba a Estados Unidos.

Lo subieron a una patrulla, durmió en el centro de detención migratorio de San Diego y a la noche siguiente otra vez estaba en El Chaparral.

De cuerpo menudo, José tiene 19 años y es originario de una pequeña comunidad de población indígena náhuatl en la montaña del central estado de Puebla (centro), 3.000 kilómetros al sureste de Tijuana.

“Pues otro tercer fracaso, pero mientras haya vida y salud, con eso”, comenta.

José buscaba cambiar su empleo en la fábrica de pantalones de su pueblo, donde gana 4.000 pesos (214 dólares) al mes, por un puesto en algún restaurante de Los Angeles, California.

La frontera común de casi 3.200 kilómetros tiene 13 cruces donde Estados Unidos entrega a México a los migrantes que deporta, pero El Chaparral es el que recibe a un mayor número. Un promedio de 89 mexicanos entró por esa puerta cada día, de enero a noviembre de 2017, según el Instituto Nacional de Migración (INM).

El delegado del INM en Baja California, Rodulfo Figueroa, explicó a Xinhua que California es donde hay más mexicanos en todo Estados Unidos.

El 36,7 por ciento de los 11,9 millones que están en el vecino país, con ciudadanía o sin papeles, vive en ese estado, de acuerdo con el último informe del INM.

“Recibimos mexicanos de California, pero también aquellos que se encuentran en Nevada, en Colorado, en algunas zonas sur del estado de Washington”, agregó el funcionario.

A la garita de Tijuana llegaban 490 repatriados a diario en 2009, cuando el ritmo de deportaciones a México tuvo un pico de 601.000 personas.

Desde ese año la tendencia ha disminuido hasta las 151.600 en los primeros 11 meses de 2017, la cifra más baja en lo que va del siglo.

“Se debe fundamentalmente a que hay menos mexicanos (…) Es una reducción que se ha venido dando y nos encontramos ante la situación de gestionar a menos personas en retorno, pero con mejor calidad”, abundó Figueroa.

Los deportados salen a cuentagotas de El Chaparral hacia una ancha acera por donde personas que van o regresan de San Diego caminan con prisa.

Como todos, José lleva una bolsa de plástico donde guardaron sus pertenencias antes de expulsarlo: un suéter, una camisa, un pantalón, su teléfono móvil y 1.000 pesos (53,5 dólares) que le sobran.

Las columnas de un puente vehicular desde donde los automovilistas pueden apreciar la custodiada valla que divide las dos ciudades es lo primero que miran en suelo mexicano, más allá se observa el símbolo de Tijuana, un monumental arco plateado del cual cuelga un reloj.

Hay deportados que salen de la garita en el autobús de una organización civil que los lleva a la Casa del Migrante, un refugio temporal para hombres cercano a la frontera que les ofrece cama, comida caliente y asesoría.

En el patio central del edificio de cuatro pisos y paredes café con verde se mezclan historias con un mismo desenlace.

Están migrantes que también atraparon en el desierto y los que arrestaron en la ciudad donde trabajaban sin documentos.

Aurelio y Guadalupe son un herrero y un campesino que están allí porque partieron juntos de un poblado en el estado mexicano de Michoacán (suroeste) en diciembre pasado, pero llevan dos intentos fallidos por llegar a Los Angeles, California.

La primera vez brincaron la barda de la frontera, corrieron por el desierto y nadaron por un canal de agua helada para llegar a una autopista, donde los detuvieron.

En la siguiente ocasión caminaron cuatro horas y treparon cerros empedrados.

“Nunca imaginé que iba a estar así de pesado. ¿Cómo le hicimos? Quién sabe, la necesidad”, dice Aurelio, de 37 años.

Para Guadalupe, de 39, es la cuarta ocasión que lo deportan porque quiso entrar dos veces en 2004.

En una esquina del patio, César Ortiz relata que lo expulsaron después de dos décadas en suelo estadounidense.

Migró solo a los 30 años a Illinois, donde cosechó tomates y luego en restaurantes de California trabajó como lavaplatos, ayudante de cocina, mesero y supervisor.

Sólo una vez, hace 15 años, visitó a su esposa y a sus dos hijos en el estado de Veracruz (este).

Admite que fue duro estar lejos de ellos, pero pudo costear la construcción de la casa y los estudios de los hijos hasta que se graduaron de la universidad.

La policía lo arrestó cuando paseaba a su perro en vías del tren en Hayward, la última ciudad californiana donde residió. Dice que lo remitieron a la agencia migratoria porque no tenía papeles y a las cinco horas ya estaba en Tijuana.

“Para mi esto es un dolor muy grande, saber que me corrieron así, cruzados de brazos, dejando todas mis cosas allá”, lamenta César, de 50 años.

El coordinador de programas de Casa del Migrante, Carlos Yee, detalla que el 40 por ciento de los deportados son mexicanos que tenían más de 10 años en Estados Unidos.

Por lo regular, apunta, caen en migración tras ser arrestados por infracciones menores de tránsito.

Expone que ese patrón de arresto existe desde años atrás y no percibe que sea distinto bajo la administración del presidente Donald Trump, quien desde su campaña utiliza un duro discurso contra la migración y habla de construir un muro en la frontera común para frenarla.

Lo que Yee sí ha notado es que el discurso está dando paso a un mayor racismo hacia los mexicanos y también está polarizando las posturas en contra y a favor de la migración.

“Son impactos un poquito más culturales, más de cómo la población percibe al mexicano, documentado o no documentado. Es un racismo el que se está acentuando en Estados Unidos que no tiene tanto que ver ahorita con las cifras de deportaciones, porque esa parte no ha tenido un impacto”, explica.

Plantea que el 50 por ciento de los deportados a la ciudad de Tijuana regresa a su lugar de origen, el 30 por ciento se queda a trabajar en esa ciudad fronteriza y el 20 intenta cruzar de nuevo hacia Estados Unidos.

Aurelio y Guadalupe están dentro del último grupo. Desde Tijuana pudieron ver a través de la valla ocho prototipos del muro que Trump busca construir, pero dicen que aunque esa barrera se convierta en realidad buscarán treparla para cruzar al otro lado.

“Mañana nos vamos a intentarlo otra vez porque las deudas que tenemos donde vivimos están fuertes”, señaló el herrero.

Frustrado, José dice que se regresará en autobús a su comunidad en Puebla a trabajar otra vez en la fábrica de pantalones, que también emplea a su papá.

Esa será su última noche en Tijuana, por eso aguarda a que un conocido que le dará posada lo recoja en su auto.