Los ‘dreamers’ y México como pesadilla

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El 15 de septiembre de 1936 (Lázaro) Cárdenas, al dar el Grito en el Zócalo, agregó: ‘¡Viva la República Española!’ (…). Pero la solidaridad de México con la República Española tuvo muchas otras facetas, como la de asumir su defensa ante la Sociedad de Naciones contra el Pacto de No Intervención impuesto por Francia y Gran Bretaña, o la de recibir más tarde en su territorio, al caer la República, a tantos exiliados como le fuera posible (llegaron a ser cerca de 30 mil hasta principios de la década de 1940). (…) El exilio español haría de enriquecer notablemente la vida intelectual en México”. (Milenio 30/10/14 http://bit.ly/2xbZech)

Tras la decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de poner un ultimátum de seis meses al programa DACA, más de 600 mil jóvenes estadounidenses nacidos en México están en riesgo de ser expulsados de la Unión Americana.

Ante las voces que señalan que no hay que adelantar vísperas sobre la magnitud que puede llegar a tomar en la realidad esa salvaje decisión de Trump, habría que anteponer un par de consideraciones.

La primera, que el sufrimiento de los dreamers no conoce de pausas o plazos: es real, actual, añejo (porque desde la campaña misma Trump los amenazó) y creciente. Para mayor detalle leer este hilo en Twitter, a cargo del dreamer de origen venezolano, Juan Escalante (@JuanSaaa), publicado el 3 de septiembre (http://bit.ly/2gxZB6g)

La segunda consideración es que con Trump ya hemos perdido la cuenta de esas cosas inverosímiles que muchos apostaron a que no iban a pasar, y que terminaron ocurriendo.

Aceptando que los dreamers no conocen más patria que la que habitan desde que sus padres les llevaron a Estados Unidos, y que su deseo es seguir donde están, es cierto que hay que reclamar al gobierno mexicano el despliegue de todas las capacidades diplomáticas y de cabildeo para abogar para que el DACA no desaparezca sin dar lugar a un recurso legal que, antes que mermar los derechos de esos cientos de miles, los reconozca o aumente. Apostar con todo en contra. Atreverse a ello, y emplearse en ello.

Sin embargo, también habría que preparar, en paralelo, alternativas. Trabajar pensando en lo peor que puede ocurrir es sensato en estos tiempos.

Y ahí vuelvo al general Cárdenas. Ante el embate racista de Trump contra los dreamers, no me parece una exageración remitirnos a la riqueza que trajo a nuestro país el exilio español (lo mismo que otras diásporas provenientes de países en tiempos sombríos, como ocurriera con argentinos y chilenos).

Porque este no es un problema del gobierno federal. Es un reto para México entero.

Toca, eso sí, a la administración de Enrique Peña Nieto olvidarse de su comodina filosofía de que cuando la realidad no se ajusta a los planes gubernamentales, peor para la realidad porque en Los Pinos seguirán sin variar su ruta.

El presidente debería convocar a la solidaridad con esos jóvenes mexicanos amenazados por el fascista americano. Y debería tomar medidas para imaginar, de manera colectiva, un escenario donde a esos transterrados (que no son hipotéticos, que ya han ido llegando desde hace tiempo, y que a falta de mejores oportunidades se acomodan laboralmente en call centers) se les abre un horizonte.

El gobierno podría nombrar un comisionado especial, convocar a universidades, empresarios, para dar oportunidades a una población angloparlante y pujante.

México no es el sueño de los dreamers, pero tampoco tendría que ser una pesadilla.

Twitter: @SalCamarena

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