Cuando Isaías López, un humilde inmigrante mexicano, atravesó la frontera por segunda vez, juró que no volvería a su tierra sin haber cumplido el “sueño americano”. Pero luego de 20 años, cuando creyó haberlo alcanzado, comenzó su pesadilla.

Aunque hoy en día tiene Green Card, un trabajo que muchos inmigrantes desearían y en su tiempo libre ha logrado montar su propio negocio de jardinería, afirma que le sigue echando ganas porque su sueño está lejos de cumplirse.

Recogiendo naranjas para sobrevivir

Cuando Isaías era joven, veía a sus amigos llegar de Estados Unidos con ropa bonita y siempre pensaba: “algún día iré por allá”.

En 1990 su hermano mayor, que ya había atravesado la frontera, prometió pagarle un ‘coyote’ para que lo cruzara. De esa forma trabajaría para ayudarle a su madre y a sus otros hermanos.

Trabajó en los cultivos escondiéndose de  ‘la migra’ expuesto al sol y llenando cientos de bultos de fruta, para recibir en muchas ocasiones una paga de poco más de 3 dólares por hora.

Al terminar la temporada de cosecha, decide trasladarse a Atlanta, Georgia, y consigue trabajo en la “yarda” (cortando pasto).

Al mismo tiempo que se le cumplen 3 deseos, comienza su pesadilla

18 años después se enamora y se casa con una ciudadana estadounidense, recibe sus ‘papeles’ y le llega la grandiosa oportunidad de trabajar en la Universidad de Emory cuidando los jardines. Pasó de ganarse $3 a más de $7 dólares la hora.

“Tuve un tiempo en el que ganaba buen dinero, pero me lo bebía todo como si nada”. Es cuando el tercer deseo se cumple. Nace su hijo Isaías Jr., la luz de sus ojos.

 

Lastimosamente a los pocos meses de nacido el Hospital de Emory le confirma que el niño tiene una discapacidad severa, producto de una enfermedad genética que ni él sabe pronunciar. Un padecimiento que hasta hoy  le ha impedido caminar, hablar y sostenerse por sí solo.

El  alto precio de ser empleado y tener un negocio al mismo tiempo

Ahora su hijo es su “motorcito”. Por él, pasó de ser un bebedor a ser un trabajador incansable. Y con su impulso logra lo que para la mayoría sería físicamente imposible.

Trabaja más de 80 horas a la semana, para cubrir las necesidades del niño. “Le hago hasta que el cuerpo me dé”.

Trabaja en Emory como supervisor de 6 de la mañana a 4 de la tarde de lunes a jueves, y en las horas que le restan de cada día, más las del viernes, sábado y domingo, se dedica a su negocio de jardinería al que aún no le tiene nombre.

Con la cantidad de trabajo que le llega podría contratar uno o dos empleados, pero prefiere hacerlo él mismo. Su meta es ahorrar la mayor cantidad de dinero que pueda para retirarse con su hijo en México. Parte de lo que ha logrado son dos terrenos que ya compró en Guanajuato.

“A pesar de todo lo duro que he pasado como inmigrante yo le echo muchas ganas, y solo le pido a Dios dos cosas: que me dé mucho pero mucho trabajo para ayudar a mi hijo y que me cumpla un sueño que tengo noche tras noche: veo a mi hijo hablando conmigo y caminando a mi lado”.