Alexandra, de 13 años de edad, con el pelo largo y una sonrisa irónica, echa de menos su escuela en Sacramento, California. Ahora que vive en Tijuana, México, su madre es muy estricta, siempre preocupada por su seguridad, y no la deja ir al cine sola. Ella odia usar un uniforme y la escuela es una experiencia difícil.
“A veces pienso que estoy haciendo aquí”, dijo. “Yo nací allá y entonces ¿por qué estoy aquí?”.
Alexandra está entre un grupo de jóvenes adolescentes mexico-americanos reunidos en el patio de la escuela secundaria Sindicato Alba Roja, en Tijuana, México. Son hijos de familias que representan la identidad multinacional de la ciudad fronteriza. Muchos de ellos nacieron en Estados Unidos y son ciudadanos estadounidenses, pero sus padres no lo son, y sus vidas están moldeadas por realidades conflictivas de la obligación familiar y las oportunidades de la doble ciudadanía.
Algunas de las familias de los niños fueron forzadas a regresar a México porque sus padres fueron deportados. Otros llegaron a Tijuana debido a emergencias familiares u otras obligaciones y se quedaron atascados, con padres indocumentados incapaces de regresar a Estados Unidos.

De vuelta con sus dos hijos
Nery Tepeque vivió toda su vida adulta en la ciudad desértica de Banning, en el sur de California, pero nunca regularizó su estatus migratorio. Cuando su madre murió en el 2012, se regresó a Tijuana, y luego fue atrapada por las autoridades estadounidenses tratando de cruzar de nuevo con un pasaporte falso. Así que ella se trajo a sus dos jóvenes hijos adolescentes a Tijuana, para vivir con ella en la vieja casa de su madre, lo que no ha sido fácil. Los niños no tienen la ciudadanía mexicana, por lo que han tenido problemas para acceder a los programas sociales y de salud. Ella dice que los costos de educación en Tijuana son un gasto para ella –no hay desayunos escolares o almuerzos, y tienen que comprar sus propios libros y uniformes, y pagar una cuota anual de seguridad.
Pero Nery dijo: “Les dije a los niños, no se sientan mal, cuando sean mayores, pueden elegir dónde quieren vivir”.

Alistándose para las deportaciones
Hay cerca de 9,300 estudiantes que vinieron de los Estados Unidos al estado de Baja California, en México, según estadísticas proporcionadas por las autoridades educativas estatales —el mayor número de estudiantes que hay en cualquier otro estado en México, y un testimonio de la larga historia de las familias que van y vienen a través de la frontera.
Las escuelas se están preparando para el prometido aumento de las deportaciones bajo el gobierno de Trump, aunque todavía es demasiado pronto para ver un efecto en la inscripción escolar. Se supone que una nueva política promulgada en la primavera pasada, facilite a estos niños obtener los documentos necesarios para acceder a los servicios estatales en México, lo cual fue un tema persistente para los estudiantes nacidos en los Estados Unidos con quienes hablamos.

“Un espacio para la catarsis”
Algunos estudiantes tiene dificultades para hablar el español cuando llegan desde el norte —en el plan de estudios de las escuelas públicas mexicanas establecido a nivel nacional, no hay escuelas bilingües y el apoyo lingüístico es limitado—, pero Adrián Flores Ledesma, representante del sistema de educación estatal en Tijuana, dice que “El problema principal es emocional, no educativo”. Y así, durante una década, Baja California ha dirigido grupos de apoyo en las escuelas para ayudar a los niños que vienen de los Estados Unidos a ajustarse y conectarse unos con otros.
Los grupos de apoyo pretenden crear “un espacio para la catarsis”, dijo Ledesma, especialmente para los adolescentes cuyo primer impulso, al ser arrojado a un sistema escolar desconocido, puede ser abandonarlo.
“Por lo general estos chicos dejaron todo atrás, porque de un día para otro hubo una situación de emergencia”, dijo, “dejaron sus ropas, sus cosas personales, todo, y al día siguiente llegan a Tijuana. Llegan a la casa de un pariente, donde no encajan, no tienen una habitación, tal vez están en la sala de estar, no hay baño privado. Y todas estas cosas les hacen sentir un resentimiento contra sus padres, y piensan, ¿por qué están en México, si son estadounidenses? Así que también trabajamos con los padres, para que no sientan ese sentimiento de culpa”.

Readaptándose y buscando nuevos horizontal
Ledesma dijo que los grupos son obligatorios para los nuevos estudiantes de los Estados Unidos, pero no todos los niños de Alba Roja han pasado por ellos. En cambio, encontraron su propia manera de hacer frente al cambio.
Jennifer Arellano Hernández, una joven de 14 años, vivió en Las Vegas, Nevada, hasta hace unos meses. Después de que su padre fue arrestado por conducir sin licencia y luego deportado, se quedó con su tía y su tío durante unos meses, antes de que sus padres insistieran en que ella fuera a Tijuana. Al principio estaba furiosa con ellos por haberla llevado, y “estaba muy deprimida”.

Pensando en Francia
Ahora Jennifer vive con su madre y dos hermanos menores en unas habitaciones bastante pequeñas en un complejo de apartamentos. Su madre, Maricela, trabaja en un centro de atención telefónica haciendo el servicio de atención al cliente para Avis Rent A Car y Metro PCS (“está lleno de personas que han sido deportadas”, dijo Maricela.) Pero el padre de Jennifer acaba de obtener una visa de trabajo para Francia, y quiere llevarse a su familia allí para empezar de nuevo.
“Mi papá una vez me preguntó lo que quería ser cuando crezca, y le dije que quiero ser una terapeuta, porque pagan mucho y ayudan a la gente. Y él dijo: “Imagínate un terapeuta que pueda hablar dos idiomas, y yo pensé, ¡él tiene razón! Es mucho mejor, puedes entender a ambas personas”.

Texto original: https://theintercept.com/2017/07/03/born-in-the-united-states-learning-to-live-in-mexico/
Traducción: A. Mondragón