El muro

Los mexicanos, con ese sentido del humor tan suyo, lo llaman “el muro de la tortilla”

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Alejandro Bringas/EFE

Ya existe, yo he estado allí. Es feo, es triste y, sobre todo, inspira mucho asco, mucha vergüenza, ninguna fe en la condición humana.

Hace casi 10 años, cuatro mujeres salimos de Tijuana en un coche camino de Puerto Nuevo, un barrio de Rosarito famoso por sus langostas, que se sirven con tortillas de maíz, arroz y fríjoles. Recuerdo aquel día como una experiencia feliz, luminosa, empañada tan sólo por el muro que aparecía y desaparecía de nuestra vista como un insulto interminable.

Míralo, mis amigas mexicanas lo señalaban con el dedo, ahí está. En la zona donde lo vi, es una valla de metal oscuro, oxidado, de unos 10 metros de altura, que penetra en el mar y cabalga sobre las lomas, sin otro adorno que unas cruces de madera con un nombre escrito encima. Los mexicanos, con ese sentido del humor tan suyo, capaz de convertir a la muerte en una Catrina esbelta y seductora, lo llaman “el muro de la tortilla”, porque los desgraciados que se atreven a trepar por él, reciben una descarga eléctrica que los deja fritos.

Mientras tanto, los habitantes de San Diego pasan la frontera a diario en sus coches, para comprar en Tijuana sexo, drogas, alcohol o viagra, y volver de madrugada, saltándose las agotadoras colas que sus criados, sus empleados, soportan a diario en la aduana para ir a trabajar. Este es el muro que Trump ha prometido ampliar para que supere las dimensiones de la Gran Muralla china y se vea mejor desde el espacio exterior, pero ya existe.

Está ahí desde 1994, y siento ser una aguafiestas, pero el presidente que emprendió su construcción se llama Bill Clinton. A las personas que escribieron el nombre de sus seres queridos sobre una cruz de madera, les habrá traído sin cuidado que su mujer haya perdido las elecciones.

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