Por Tijuana, por Tecate, por Mexicali, por Tamaulipas; por un túnel, por la garita, por el río, por el desierto; al menos siete veces cruzado, y otras tantas devuelto, durante 18 años, Óscar Díaz cruzó la frontera para hacer su vida en Estados Unidos.

La última fue el 21 de septiembre pasado, pero ya se cansó, después de pasar varios días detenido, decidió quedarse en casa y reincorporarse a su vida en su barrio natal, San Andrés, para acompañar a sus padres, ya mayores.

Del otro lado de la frontera dejó tres hijos —uno de su primera pareja y dos de la segunda—, un trabajo estable al frente de su propia compañía de construcción en la que ya daba empleo a 12 personas. Pese a tener familia con la nacionalidad estadounidense, ya no puede pisar su territorio, pues es considerado un inmigrante ilegal.

A sus 38 años, Díaz forma parte de los 250 mil connacionales que son expulsados anualmente de EU, —de esos, alrededor de 10 mil llegan a Jalisco— y a su regresó pidió asesoría, algo que no hizo en las anteriores ocasiones, al Instituto Nacional de Migración.

Es de los primeros beneficiados del programa “Somos Mexicanos”, recientemente implementado con un fondo general de 15 millones de peso para el Estado.

Óscar se fue la primera vez en 1998, intentó cruzar por Tijuana, pero lo regresaron y ficharon, hasta que después de varios intentos —un par a través de largas caminatas por el desierto, sólo para llegar al encuentro de la migra— logró pasar por un canal en Mexicali y llegar hasta Santa Cruz California, donde consiguió trabajo en una taquería.

“Es muy difícil, te avientan los perros, ni siquiera son los oficiales directamente, hasta que llegan los judiciales y ya te arrestan”, recuerda sobre sus primeros intentos.

Un amigo le dijo que había mejores posibilidades en Minnesota.

Allá comenzó trabajando en un restaurante italiano, conoció a una chica local, se casó y tuvo su primer hijo. Entró un tiempo a la Universidad, sólo para aprender bien inglés, y después logró trabajar en la industria de la construcción donde se acomodó por 15 años.

En 2001 consiguió un permiso de trabajo, sin embargo, al tratar de renovarlo dos años después, le dijeron que jamás se le debieron de haber dado, que no reunía los requisitos y lo deportaron, pero se regresó, vía el poblado de Miguel Alemán en Tamaulipas. Al retornar se encontró sin pareja.

En 2005, se vuelve a casar con una chica de origen guatemalteco, pero con nacionalidad estadounidense. Con ella tiene dos hijos, y logra una estabilidad laboral, hasta que en 2012 una patrulla lo detiene en la calle, es deportado de nueva cuenta vía Laredo.

Apelando a la tenacidad, Óscar se devuelve, y sigue con su vida, hasta que en septiembre pasado, las autoridades de migración lo van a buscar a su propia casa.

En Guadalajara, le dan un cheque por mil 200 pesos como apoyo y lo ayudan a colocarse. Finalmente opta por entrar a un call center, donde trabaja en atención al cliente, por supuesto en inglés.

“La gente que me conocía de chica todavía está allí, no ha cambiado mucho la situación. Lo que sí vi es que la Ciudad ya creció demasiado, hay mucha contaminación, allá en Minnesota había muchas zonas verdes y aquí no hay tantas”, dice sobre su nueva situación.

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